domingo, 9 de mayo de 2010

¡¿QUÉ ME PONGO?!

Quizás sea el cambio de temporada. O el kilito y medio extra que hace que ese vestido no te quede igual que el año pasado. O todas las revistas de moda que miraste. La etiología es aún desconocida, pero los síntomas son inconfundibles: un día te parás delante del ropero y te sube un escalofrío, se te altera la respiración, empezás a parpadear más rápido y te dan espasmos que te hacen escarbar todos los cajones. Ya te contagiaste de ese mal que ataca a tantas mujeres: el no-tengo-nada-que-ponerme.
Suele atacar durante los cambios de temporada y agudiza su efecto frente a la proximidad de eventos como cumpleaños, casamientos, cenas y salidas.
Empieza por la mente. Te nubla el pensamiento. Hasta te puede hacer delirar.
Ejemplo. Querés ponerte el chupín negro que te quedaba como a Liz Solari (claro síntoma). Encontrás un pantalón de vestir de gabardina, otro de corderoy, un jean oscuro, unos pescadores. Revolvés con más energía, ahí en el fondo hay dobladito: un palazzo (¿desde cuándo está ahí? ¿cómo alguna vez usé eso? Seguro es de la inquilina anterior... que seguro tenía más años que yo. Y peor gusto) Del chupín, ni rastros. Repasás mentalmente, chupín chupín chupín… ¿alguna vez tuve un chupín negro?
Te lo acordás en la tele; lo usaba Liz Solari. Pero también lo viste en vivo y en directo. Estaba en la vidriera. Habías cobrado. Era perfecto, estuviste así de comprarlo pero… atravesás la nebulosa de la memoria. Ah claro, te hacía petisa. Y las piernas cortas. Y la cola achatada. Nada de chupín para vos.
Otra vez te invade el no-tengo-qué-ponerme.
Pasás revista por todos los pantalones. Sacás los jeans: muy clarito, muy oscuro, muy viejo, muy duro. A ver éste… aunque haya que acostarse y hacer fuerza para subir el cierre, es candidato. Mhm: cintura demasiado baja (imposible sentarse sin revelar secretos). Con el pantalón abierto y la remera del pijama continúas la búsqueda: bolsillos muy grandes, demasiado gastado, ¿qué color es éste?, lo uso siempre... Habrá que pasar al rubro polleras: que muy larga, que muy cortita, que demasiado amplia, que ajustada, pasada de moda, aburrida, colorinche, de verano… ¡perfecta! Ahora la remera, ¿o top? ¿o camisa? Tiene que ser más o menos ajustadita, no muy larga, que disimule la panza, no muy corta, como para que no ensanche la cadera; y con un escote mágico que acomode la delantera.
Con la pollera puesta y en corpiño arrancás la búsqueda. Aparece un top. ¡Listo! Te maquillás para salir. Cuando te mirás entera en el espejo del baño -con luz símil probadores- reconocés que el top ya no es una buena opción. Lo revoleás por donde caiga. No hay mucho tiempo.
Siete perchas y cinco cajones más tarde, te das por vencida. Descartas la pollera perfecta porque no tenés con qué combinarla (nota mental: urgente salir de compras).
No tenés nada que ponerte.
Entre la montaña de ropa que quedó en tu cama buscás el jean de toda la vida. La camisa de siempre está tendida (que ya esté seca, que ya esté seca, que ya esté seca…). Te vestís corriendo. Te ponés las chatitas azules, no mejor las grises, no eh… las botas marrones, esas quedan bien. Llegás a la puerta, te mirás los pies. Las negras van a quedar mejor con la cartera. Y ¿por qué no tengo unas de taco más bajo y caña corta? Bueno, salgo así nomás, como estoy.
Así son las cosas. Por la moda, por los kilos, por las vidrieras, por las montañas de ropa en la cama, por lo que sea, especialmente a principio de temporada, los armarios –y sus dueñas- sufren el cruel ataque del no-tengo-nada-que-ponerme.

1 comentario:

Kraca dijo...

Ojo, que a los hombres nos pasa un poco también. No hacemos tanto escándolo tal vez, pero la idea de "siempre uso lo mismo", aparece rondando bastante.
Muy buen texto, como siempre.